Los biocombustibles no son, en absoluto, una fuente de energía nueva. Han estado siempre presentes a lo largo de la historia de la Humanidad aunque, a partir de la revolución industrial, su uso disminuyó significativamente y quedó prácticamente relegado a las zonas rurales. En los últimos tiempos, los combustibles generados a partir de biomasa han ganado terreno frente a los combustibles fósiles, cuyo impacto ecológico, económico y social es muy negativo.

Los biocombustibles, además de ser una fuente de energía renovable, son más baratos que los combustibles fósiles, menos contaminantes y tienen repercusiones positivas a nivel social, porque se generan en los campos y montes de cada territorio. Así, cada territorio cuenta con un determinado potencial en cuanto a producción de biomasa. Por ejemplo, Andalucía está especializada en la generación de biomasa procedente del cultivo del olivar e industrias relacionadas, mientras que en el País Vasco somos especialistas en la producción de leña, astillas y pellets.  La producción de biomasa evita la dependencia de otros países y propicia la regeneración forestal de las zonas cercanas a su utilización. Contando con recursos propios para generar biocombustible en nuestra geografía no tiene sentido traerlos del exterior, dado que el pago en concepto de transporte no compensa el ahorro energético.

Según datos del último informe de precios energéticos (combustibles y carburantes) publicado por el IDAE el pasado 22 de abril, existe una diferencia de casi el 60% entre producir energía térmica con gasóleo (8,21 c€/kWh) frente al pélet de madera a granel (3,38). Por su parte, la publicación Bioenergy International fija el precio del gas natural en 5,92 c€/kWh y el de la electricidad en 14,55 y estima que está tendencia continuará al alza debido a la crisis y la tasa energética impuesta a las eléctricas.

Las calderas que funcionan mediante biocombustibles se pueden utilizar en viviendas unifamiliares, bloques de viviendas, redes de climatización y edificios públicos. Ofrecen un alto rendimiento, confort y un importante ahorro en combustible. Además, se calcula que una caldera de biomasa, con las subvenciones de EVE, se amortiza en menos de 3 años.

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